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Miércoles, 29 Marzo 2017

DOMINGO NEGRO

Martes 16 de Febrero de 2016 19:43

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El escritor Miguel Ángel Molfino inaugura con este relato, el segmento Escritos forever, una invitación del Club a cronistas chaqueños para aportarnos otra visión, otra pasión, otra manera de sentir el fútbol, a través de las palabras.

 

Domingo 14

17:30, cuando arrancamos con la camioneta desde mi casa, unas pesadas y grises cordilleras de nubes avanzaban hacia nosotros.

Va a llover, dice mi hermano, maneja mientras transpira a pesar del aire acondicionado. Afuera, todo hierve a la temperatura de Marte. Echo otro vistazo a las nubes y pienso que si llueve nos derretiremos sin remedio una vez que haya pasado el chaparrón. Sí, señor, va a llover, repite mi hermano; pero mi hermano jamás acertó alguna vez la quiniela. Más tranquilo, me estiro en la butaca.

No hay un alma en la calle. Recogemos a nuestros compañeros de crónica, son Mariano y Pablo. Se acomodan felices en el asiento trasero, hacen chistes, ríen, ignorantes de que si cae esa lluvia que se avecina, todos seremos historia. Son jóvenes, pienso.

Tras derivar por calles y callecitas, refulgiendo como si fuera de neón, la camioneta blanca irrumpe en la 9 de Julio. Cuadras al fondo, reverbera, oscuro como un espejismo, nuestro objetivo: El gigante de la Avenida, la cancha de Chaco For Ever.

En minutos más, el Negro se enfrentará a Sportivo Patria de Formosa por la segunda fecha del Federal A. Mariano y Pablo hablan entre sí, mi hermano conduce en silencio y yo calculo que desde 1967 no visito la cancha de For Ever. Mi hermano lo sabe y gastándome, me dice: Creo que hoy no ataja el Mulita Oliveira. Cuando termina la frase sonríe, son las 17: 40 y los vallados policiales que cierran el paso a la altura del estadio están ya próximos. Volteo y miro hacia atrás: la luneta trasera parece de titanio. Es el color de las nubes que, también, van llegando a la cancha.

Observo al gentío cercando las entradas del estadio, se estremece la avenida con el retumbar de los bombos, puedo percibir cómo mi corazón se va tiñendo lentamente de negro.

18:05. Ya ubicados en un palco cerrado, con aire acondicionado, se aprecia –como en un gran televisor- la cancha, los hinchas que van poblando las gradas, y un sinnúmeros de niñitos que corren a lo largo del cemento de las gradas. Los tres cronistas y mi hermano nos miramos un segundo: nos damos cuenta que –en esa hermética vidriera- jamás escucharemos un solo sonido. MUTE total. Pues salimos afuera. La cancha es una sinfonía grandiosa y pirotécnica de cantos y gritos. Y esa bullanguería celebra uno de los ritos paganos más sagrados que creó la cultura humana: el partido de fútbol, la eucaristía y la comunión del gol.

Y allí, ante mí, tenía todo eso, después de muchos años, regresaba al templo de esta gran Religión Negra que es For Ever. Volví a sentir la tensión y el miedo en el estómago, como cuando era un pibe y creía que perder el partido era morir un poco.

18:14. Ya no me importa el calor, la humedad, el dengue, el teki y la fiebre ondulante. Ya están los equipos en la cancha. El Papa en México, For Ever entre nosotros. ¡Aleluya!

Con una furia inusitada, vuelvo a sentir la camiseta, la que llevan esos hombres que trotan ansiosos sobre el césped. Suena el silbato del muñeco vestido de amarillo y se arma la discusión, por culpa de una pelota.

En las nubes de titanio se abre un triángulo de luz potentísimo que se derrama sobre el círculo central: Dios nos está tirando buena onda, Dios también es Negro.

Los pelotazos van y vienen, nadie para un balón, todo es confuso pero me importa tres pepinos, ¡qué domingo estoy pasando! ¡Cuando se lo cuente a mi psicoanalista!

GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLL! De For Ever.

Miro el reloj, ya ni el tiempo me importa, hay que ganar y vamos ganando, no hay jogo bonito, ni tiki-tiki, pero, ahí vamos.

A los formoseños se los ve desdibujados, o están cansados o están con ganas de empadronarse en el Chaco. En cambio, el Negro tiene la pelota, anda cerca, a veces lejos y a veces a seis cuadras del área, pero le pone garra, ganas, polenta, arroz con pollo, en fin.

El cielo se sigue encapotando. A un costado de nuestra posición, casi anónimo, el gobernador Domingo Peppo ceba mates pero los asistentes  prefieren mirar a Vilce o a Visconti que al gobernante.

La luz decae, el partido también. Se encienden las torres y el verde del campo de juego parece resplandecer. En el cielo, las nubes se van deshilachando.

Llega el segundo de For Ever. El tiro de gracia para Sportivo Patria. Y el match se desploma, está todo dicho, ya nada será igual.

Pitazo final.

Aplausos, candombe a todo trapo en la barra, lenta desconcentración, críos que lloriquean, un sapucai lejano, el ruido de las motos arrancando, un redoblante perdido repiquetea más allá de los muros, ya se esparce el calor oscuro de la hora, todos vamos dejando atrás al Gigante, en la calle se huele un domingo de victoria, un domingo negro. 

Miguel Angel Molfino


 
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