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Martes, 30 Mayo 2017

Cae la noche tropical

Miércoles 09 de Marzo de 2016 19:59

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La cuarta entrega de Escritos forever es del escritor de Literatura Tropical Alfredo Germiniani y de su alter ego Fernando Funes. Una mirada especial para la pasión futbolera albinegra.

 

Sábado cinco de marzo de dos mil dieciséis. Noche abierta en Resistencia city tropical, sopla un vientito filoso. La última vez que aparecí en el estadio de For Ever Sergio Goycoechea atajaba para Racing y a mi primo Edgar le afanaron al boleo una gorra trenzada que recién había comprado. Pulverizo con los ojos las distancias del tiempo y vuelvo a revivir la misma escena sobre las gradas de la tribuna ubicada a espaldas de la avenida 9 de Julio. Mi primo Edgar va con el cuento a su papá, quien lo fustiga como un macho real y verdadero debe hacerlo en la popular:

 

—Te jodés por boludo.

Lo mejor de ir a la cancha es putear. Las puteadas son terapéuticas, sanan. Hay que putear mucho, en la vida y en la cancha: putear es liberador.

—¡Van a volver con el culo roto! –grita un forevista a los playmóbils de Sol de América recién salidos de vestuarios, que corretean por el césped, pisan el campo de juego.

Estoy en la platea, sentado a menos de dos metros del forevista; es un puteador compulsivo, toda la noche puteará. Es experto, sabe cómo hacerlo. Sabe cómo putear.

No estoy solo en las entrañas del Gigante de la Avenida. No es recomendable ir solo a putear. Al lado (a mi derecha) está sentado el escritor Alberto Litter, él también tiene que cronicar el partido. La platea está colmada, pululan nenitas, embarazadas & embarazados, periodistas & periodistos, minas, tipos, viejos, padres, madres, abuelos, hermanas y hermanos, cuñados, suegros y concuñados; van y vuelven con vasos de gaseosas, porciones de pizzas, hamburguesas, puchos, negros & blancos, grises, matices varios: tibios y calientes, sobre todo calientes. Nunca pechos fríos.        

La barra en la popu se amontona y desamontona caóticamente entre banderas albinegras, bombos y pancartas, sobre la tribuna de calle Arturo Illia, entre Delfino y Schulz. Son grosos los vagos cuando se ponen a cantar y no paran nunca más. ♫ Vengo de un barrio albinegro / bombo locura y carnaval / te juro que en los malos momentos / siempre te voy a acompañar… ♫ La barriada es gloriosa, sabe cómo hay que cantar y bailar. Sabe cómo putear.

A los veintidós minutos sobre la izquierda Magno driblea cortándose al medio y mete un pelotazo a la cabeza de Visconti quien a su vez cabecea bajándosela a Cabrera quien corre y la peina directo al fondo de la red. El estadio rompe en un único y colectivo grito ensordecedor. Así es como se grita un golazo. Así es como hay que gritarlo. 

— ¡¿Flaco te podés correr un asiento más así nos sentamos todos?! –Se escucha por ahí. Litter me pregunta:

— ¿Sabés contra quién está jugando For Ever?

— No, ni idea.

— Sol de América.

— Ah. –Ignoró por qué pero no puedo retener en la memoria ese nombre, Sol de América.    

— ¡Callate boludo sentáte! ¡Callate boludo sentáte! –grita el puteador compulsivo a un playmóbil suplente de la casaca visitante, que continuamente se levanta y se sienta, se levanta y se sienta, se levanta y se sienta de la butaca queriendo guapearse la cancha, bravuconea.

El arbitraje es desastroso. Cinco minutos después del golazo de For Ever viene el empate. El cabezazo es del defensor central Villalba después de un centro por la derecha resultante de una mala cruzada de la defensa albinegra pero también de la falta mal cobrada pero fundamentalmente un sobre todo de una mala salida del arquero Perelman que debió haber capturado el balón.

(Yo fui arquero de la reserva de Sarmiento. En sociales siempre digo que llegué a tercera división pero en realidad nunca eyecté de séptima. Me comí seis meses en el banco y cuando gané la titularidad me falté todos los partidos, así que los técnicos me rajaron con justa causa. Por entonces vivía a seis, siete cuadras del estadio de For Ever y me cruzaba media ciudad para ir a entrenar a la cancha de Sarmiento por Mc Lean y Fray Rossi. Una vez mi amigo Negrucho pedaleó a los santos pedos pasando todos los semáforos en rojo, llegué al entrenamiento sobre la hora y no me pusieron en la cancha un puto minuto. Me fui llorando, de la bronca; era difícil ir a entrenar en los noventa. Amenacé con emigrar a For Ever pero terminé emigrando a las canchitas de fútbol cinco).

El partido se espesa. Termina el primer tiempo: uno a uno. Rajo al baño y echo un cloro. Me encuentro con Marcos, luego se suma Litter y terminamos en una de las cabinitas de prensa buscando la lista impresa de jugadores. Fumo un cigarrillo; no, miento: en realidad pego unas secas Para no olvidarme, anoto un puñado de puteadas del puteador compulsivo en mi cuadernito de tapas verdes. Litter me pregunta qué estoy anotando. Le respondo mentalmente, las puteadas.

Volvemos a la platea. El puteador compulsivo está ahora sentado a mi izquierda. Está más puteador que en el primer tiempo. Una nube de humo blanco flota en el aire, sobre el estadio, cae la noche tropical. Arranca el segundo tiempo. Visconti parece un gladiador en la arena; tendrá dos chances claras de gol pero no es hoy su día de suerte. Mediando los once minutos un desborde por la derecha de Tordini y un shot traqueteado, difuso, que debió haber capturado Perelman; pero no será hoy su día de suerte.

Enseguida viene un córner y un autogol de Lazzarini, que había entrado para hacer goles pero en el arco contrario. Llega el descuento pero probablemente sea demasiado tarde y seguramente lo es. El partido se tensa, se pone lindo. En la popu nunca dejan de cantar. El puteador compulsivo se inspira, putea a la hilera de yuta que estorba un saque lateral ofensivo de For Ever a pocos minutos del final. Un rati se da media vuelta y le envía rayos de bronca con la mirada pero el puteador compulsivo es guapo y criollo mandamás:

— ¡Qué mirás! ¡Qué mirás! ¡Callate y correte! ¡Callate y correte! ¡PUTO!

El gol de empate no llega nunca. El partido se termina, el tiempo de descuento. Los playmóbils formoseños inventan faltas, lo de siempre, hacen tiempo.

— ¡¡¡No pueden ser tan putos!!! –gorjea el puteador compulsivo. 

Llega el pitazo final, la última puteada. La popu se apaga. Nos vamos, salimos por Delfino. Litter y yo emprendemos el retorno, caminamos por avenida 9 de Julio vallada a la altura del Ministerio de Educación. Puestito de chori, una birra y cae la noche tropical. 

Por Alfredo Germignani

 
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