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Jueves, 27 Julio 2017

Cazando un cóndor andino

Viernes 11 de Marzo de 2016 19:47

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Quinta entrega de esta convocatoria a escritores chaqueños. Guido Moussa nos atrapa con este particular relato del partido entre Chaco For Ever y Sol de América de Formosa, disputado el fin de semana pasado. 

 

Recuerdo vívidamente mi primera vez en un gran estadio de fútbol: For Ever-River Plate. Sentados, mi papá, mi hermano y yo, en las gradas de madera de la platea gritamos un glorioso 1 a 1 transitorio contra el poderoso equipo millonario.

Luego fue una dura caída.

Pero al salir del estadio, del Gigante de la 9 de Julio, me quedó claro para siempre que el fútbol en Chaco es For Ever. Y todo lo demás es cuento. Todo lo demás es apenas un pálido espejismo, una réplica borrosa y de mala calidad de la gloria de For Ever.

Eso es lo primero que debe ser dicho.

Después de muchos años recibo la invitación de volver a la cancha. Coordino con Fernando Funes, escritor fracasado, periodista de baja ralea y estilo gonzo y nos encontramos en la esquina donde los zorros municipales inspeccionan una verdadera pira de fierros y más fierros. Deben ser más de mil motitos.

Eludimos el control a pie y nos hundimos en la oscuridad de la vieja, palpitante avenida 9 de Julio. La de la cancha de ForEver. Cien metros más adelante, ahora nos detiene un control policial. Exhibimos nuestras credenciales y seguimos adelante. En la esquina unos pibes parapetados a resguardo en la falta de luz nos piden un “ayudin, eeeee, un ayudín pa´los pibe”. Funes me hace un gesto apenas perceptible y seguimos adelante sin contestar.

Uno de los azules, fuertemente armados, deja colgar su itaka a un costado de su cuerpo y manda mensajitos de texto desde la puerta de acceso para las cabinas de prensa. Nos facilitan el ingreso y apenas pongo un pie adentro del estadio, vuelven treinta años de vida a mí, me invaden y lleno de infantil alegría. Subimos una escalerita, elegimos un lugar en la platea y nos sentamos. La imagen de la cancha, hermosa, gigante y luminosa me hace sentir que estoy vivo, poderosamente vivo y libre. Pienso que estamos hipertelevisados y que acá adentro, en este mágico lugar en el mundo, la hiper-realidad que se puede respirar es orgásmica, casi imposible de abrazar.

Presto atención y acá, en la cancha, se oyen los sonidos más inoficiosos, más intrascendentes para toda transmisión por televisión; y se oyen con una inusual potencia. El sonido de la lona de la manga retrayéndose, el roce de la suela de los botines contra el pasto, la patada contra la pelota, la pelota raspando la red.

Entran los equipos. Entran policías. Entran perros policías. La ambulancia se estaciona sobre el portón del acceso a la cancha. La banda en la popular empieza a sonar. Sol de América pisa el césped abucheado. Como corresponde, como se debe hacer con todos los equipos visitantes.

El partido va a comenzar. Hay buen marco de público. Mucha gente.

ForEver sale a la cancha con Perelman en el arco, nueve tipos más y un monstruo: el flaco Visconti.

Funes me codea para que le preste atención. Empinando el mentón me señala a un tipo, un vejestorio vestido como marinerito, luciendo un enorme reloj blanco con incrustaciones doradas, un reloj de pendeviejo, y rodeado por un séquito dispuesto –aprentemente- a satisfacer todas sus necesidades al instante. Funes arruga la nariz y susurra de costado: <>. No lo puedo creer, aquí y ahora, en la cancha de ForEver. Yo le digo que Hoffa padre ha muerto y Funes me aclara: <>

Parece que voy a hundirme en un estado de ensueño maravilloso, cuando alguien se para al lado mío y sale lanzado hacia la baranda que da al campo de juego: grita, enajenado, duplicando el insulto. El vituperio va dirijido al árbitro. “Fabricio Llovet” dice la planilla que nos ha facilitado la gente de prensa.

Me concentro en el partido. La pelota rueda. Todo es hermoso. Hay felicidad en el lugar. Las voces de unos cuantos plateístas se alzan exigiendo elocuentemente a sus jugadores que empiecen a foullear al rival.

El 11 dibuja un firulete táctico fenomenal, corre de izquierda hacia el medio de la cancha, avanza hacia el área velozmente, la defensa luce desconcertada, con los ojos exorbitados. Y entonces sorpresivamente la magia se estira y la pelota vuela y va a dar contra la cabeza del Genio del Gol, el flaco Aldo Visconti, que se la baja al 6. Gol.

¡¡Gol la puta madre!! ¡¡Gol carajo!!

Estalla el Gigante de la Avenida y me abrazo a Funes y otros desconocidos en la platea.

Con el orgullo herido, Sol de América arremete, quiere inclinar la cancha, no hundirse tan rápido. le grita al técnico de los formoseños el mismo exaltado que antes insultaba al referí.

Y es entonces, en medio de toda la alegría, el clima festivo y ese sentirnos bien, ese estar cómodos y un poco aburguesados en tan bello contexto, que se empieza a cocinar la desgracia que culminará en derrota.

Sol de América va por la derecha. ForEver comete una falta innecesaria, un error. Tiro libre. Llueve un centro sobre el área chica. Y hace su majestuosa aparición en el partido y en esta crónica, Perelman, que majestuosamente, aunque bastante chirle a simple vista, se eleva  con los puños cerrados y los brazos abiertos, como intentando abrazar a un cóndor andino imaginario en pleno vuelo: así de abiertos lleva los brazos en su vuelo por el área chica. Por supuesto, es gol de Sol de América.

5 minutos después, es el empate.

El partido ya no será lo mismo. Han pasado no mucho más de 27 minutos y todo cambia.

El juego se vuelca, casi en un 90 por ciento, sobre la derecha. ForEver no juega mal, pero está desonrientado, obcecado en ir e ir e ir por la derecha. El equipo se alarga y uno tras otro llueven los pelotazos sobre el área del rival, todos prolija y cómodamente despejados de cabeza por los lungos centrales de Sol de América.

Visconti está quejoso. La pelota no le llega. No le queda una al flaco.

Y en la platea oigo un <> y un . Pero ¡vamos! me digo, es apenas un 1 a 1. Recién un 1 a 1.

Y jugando por la derecha, finaliza el primer tiempo.

Durante el entre tiempo, Funes me codea y me muestra la pantalla de su celular táctica: una foto de Jaime Stiuso titila mientras suena la marcha peronista, que es el ringtone de Fernando Funes. Le pregunto si lo conoce (simulo hacerme el sorprendido) y me dice que y guarda su celular. Yo no le creo. Es un delirio que no pienso comprar.

Durante el segundo tiempo ForEver tendrá más la pelota que Sol de América. Acentúa su dominio del terreno. Pero no es tan eficiente: los formoseños sin la pelota, parados de contra, parecen generar más peligro.

Y mientras tanto, el Negro insiste por la derecha. Como un burro: insiste, insiste, insiste.

A medida que avanza el segundo tiempo, ellos parecen conformes con el empate. Hacen tiempo. El arquero se tira. Deja pasar los segundos, los minutos, fabrica inmovilidad, desparrama frío por todas partes. Nadie lo tocó, pero parece que le duele todo.

Hasta acá el partido es (y así culminará) limpio en general. No hay faltas terribles. Y sólo se producirá en los 90 minutos una sola posición adelantada, y será contra ForEver.

Vuelvo a pensar en Perelman y el extraño parecido de su apellido con el del actor norteamericano Ron Perlman, el que interpretó a Hellboy, cuando una pelota perdida por el mediocampo ferovista desemboca en un rápido contra ataque de Sol de América y los plateístas se ponen de pie, así que rápidamente debo ponerme de pié y cogotear por la baranda para poder ver. Y no llego a ver bien, en detalle, pero noto que un disparo al arco de lo más sencillo, una masita, un huesito para Mendieta, se convierte en gol. Perelman transforma un remate casi sin peligro, una obviedad de Perogrullo para un arquero, en un gol memo, ridículo, absurdo. Se hace el gol.

1 – 2 , abajo.

Pero la hinchada redobla el aliento.

Llegan cambios. CAMBIO. Sale Vilce entra Lazzarini. CAMBIO. Y el propio Lazzarini, el CAMBIO, nos la pone de cabeza. Contra nuestro propio arco, peina la pelota y Perelman, que sigue intentando abrazar a un cóndor andino imaginario (con las alas extendidas), por supuesto nada puede hacer para detener. Es gol en contra. 1 – 3 .

Aldo “El Flaco” Visconti, camina con dificultad la cancha. Las pocas pelotas que le llegan cuando él las toca las convierte en pequeños gestos de inmensa belleza estética futbolística.  Se nota que es distinto. Que está a otro nivel. Pero el monstruo del gol negro cuenta ya 38 años a sus espaldas. Parece estar decepcionado. ¿Dónde está la gloria en un horizonte que se aleja a contramano de la justicia?

El partido cae en el desorden total para ForEver que necesita descontar urgente, pero no deja de insistir una y otra vez con ir por la derecha.

Llegará al descuento, cerca del final. Demasiado cerca. Ya no servirá para modificar el resultado.

Bajo toda esa luz, en ese hermoso estadio que se enseñorea en la historia de la ciudad de Resistencia, el Gigante de la Avenida, hermoseando con sus reflectores encendidos y llenándolo de fútbol todo durante poco más de un ahora, ForEver pierde el partido contra Sol de América. Es 2 – 3 el resultado final.

Caminamos por la 9 de Julio con Funes y le vamos dando la espalda a la cancha. A medida que nos alejamos le confieso que no sé cómo titular mi crónica. Se detiene en una oscura vereda, enciende un cigarrillo y le da una larga pitada. Pensativo, me mira a los ojos y arrugando la jeta en pose de expresar una verdad revelada, me dice: . Le digo que no, que eso no me parece correcto, que por algo no se hace en el periodisom deportivo.

Entonces, para dar por concluída la conversación, Funes me dice: <>

 

Guido Moussa

 
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