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Martes, 30 Mayo 2017

Volver a la cancha (Volveremos, volveremos)

Martes 15 de Marzo de 2016 20:12

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El periodista y escritor David Gauna escribe para la sexta entrega de Escritos for ever, tras el clásico contra Sarmiento que finalizó 1 a 1. Otra relato sobre la pasión chaqueña por el fútbol.

 

La tribuna amontona voces alrededor de melodías muy conocidas que crecen en volumen. El sol lleva los tonos al extremo de su brillo. El latido se va acelerando con cada paso que va acercándonos al estadio. Es domingo de clásico futbolero y una extraordinaria oportunidad para volver a las fuentes.

 

Un domingo pleno de sol es la mejor de las posibilidades que uno puede elegir si se trata de ir a la cancha. Más aún si se trata de ver un clásico For Ever vs. Sarmiento en el Estadio “Juan Alberto García”, y ni que hablar si esto representa recuperar un añejado sabor, un viejo y amado placer abandonado  hace ya tantos años que ni los puedo contar. Para dar una idea debo confesar que en referencia con la última vez que vine al estadio de avenida 9 de julio para ver enfrentadas camisetas aurirrojas y albinegras, este domingo encontré en la cancha solamente a dos protagonistas de entonces: Tatú Gómez y Raúl Acosta, claro que entonces no eran los directores técnicos sino jóvenes e impetuosos baluartes, uno en la defensa, el otro en el arco.

Mientras voy llegando me entero que no soy el único que está volviendo. También esta tarde se vuelve a vender entradas a lo que llaman “público general”, es decir que son hinchas -pero no socios- del local. Aún así, las tribunas no están repletas y lo tengo que aceptar con cierta mueca en el corazón, pues desde que los violentos ganaron demasiadas batallas no fui el único que decidió no arriesgar más amarguras, sesgando este placer dominguero por excelencia. La fecha no es antojadiza, ni premeditada. Es más, se da a partir de una llamada telefónica del Área de Prensa de Chaco For Ever, donde conviven los amigos Sergio Salatti, María Pensi y Marcos Salomón, a quienes les quedo eternamente agradecido por esta invitación a la cancha y a escribir, en ese orden, porque jamás pusieron condiciones, ni siquiera a mí que no puedo presentar ni por asomo un rasgo de imparcialidad, ya que nací en Villa Alta, a solo dos cuadras de la cancha de Sarmiento, club al cual mi viejo le dio más de 30 años de laburo.

Aún con las emociones en altísimo tono, vale dejar en claro que ir a la cancha no es lo mismo que ver fútbol, en el concepto del show que la televisión pone todos los días al alcance del sillón más cómodo en cada casa. Cuando uno ve fútbol en la TV sabe que si hay goles, los va a ver desde 6 u 8 ángulos distintos; que en cada foul uno puede saber si hubo golpe, si fue simulación o torpeza del árbitro; y hasta advertir si el 13 (que por llevar ese número no tiene otra que ser muy religioso) lleva una cadenita de oro 24 kilates o simple bijouterie berreta. Cada detalle queda al descubierto, nada se puede esconder de las cámaras de la TV, ni siquiera el dedo justiciero del defensor que busca el ojo del 9 rival, harto que éste lo anticipe en cada ataque. Aquí, en la cancha, en cambio no hay relax, se debe estar con todos los sentidos en el juego, no vale ninguna distracción, porque no hay repetición en cámara lenta, ni tele beam o cualquier otro invento tecnológico. Acá, para entender lo que pasa sólo se cuenta con lo que quede de nuestra capacidad de discernimiento en medio de un palpitar trepidante de miles de corazones desesperados por ver entrar la pelota en el arco rival.

El verde césped, tierra de contrastes.

Primero pasamos el cacheo policial, junto a mi amigo Mauro Valenzuela,que me sirvió de lazarillo para reconocer los códigos del estadio remodelado y a los protagonistas que ya estaban realizando los ejercicios de calentamiento pre-competitivo. Confieso un atascamiento de sensaciones al encontrarme con el verde césped. Se me vino a los ojos cual alfombra que anticipa un escenario dispuesto a obras magistrales, donde la pelota y sus inesperados caprichos sean llevados desde el talento, la habilidad y (por qué no) la buena suerte. El primer contraste con aquellos viejos clásicos a los que gustaba asistir se da en la comodidad de los jugadores visitantes para hacer sus ejercicios dentro de la cancha soportando, a lo sumo, algún que otro grito desde la tribuna. De los años idos, lo que yo recuerdo como el “vestuario visitante” es la fantasía coloquial con la cual se denominaba una habitación pequeñísima, sin ventanas, habitualmente impregnada con olor rancio de orín y otros restos, en donde lo más respirable era la intensidad del aceite verde usado en los masajes. Allí debían correr, saltar e intentar ejercicios los jugadores visitantes para llegar con “temperatura ideal” al pitazo inicial del partido. Por el contrario aquí, los unos y los otros, muestran cómodos su habilidad en la inmensidad de la cancha, probando tiros para que los arqueros “vuelen” (para las fotos) y haciendo juegos de control del balón, como el archiconocido “loco”. Solamente uno de los jugadores de Sarmiento es blanco de expresiones claramente hostiles. Cuando pregunto por él me cuentan que es Alfredo Barlessi, ex For Ever y que nadie le va a perdonar esa “traición”. También el arquero titular del Decano tiene un paso previo por las filas del Negro, pero su partida no fue tomada como una pérdida, sino más bien como un alivio según me cuenta un plateista, enfundado en camiseta, gorro y bandera. Encuentro un segundo elemento de contraste histórico: ningún jugador lleva botines de color negro. Se advierten, seguramente intensificados por los rayos del sol, muchos tonos que – sin ser un experto en cromática – podría definir como amarillo amoníaco, verde loro, anaranjado venenoso, celeste radiante de bomba en Hiroshima, morado de arte funerario, por referir los que más se repetían. Me asalta la inquietud ¿estos muchachos sabrán cómo responderles a sus hijos cuando en el futuro vean las fotos de este partido y les pregunten: papá, vos te animabas a usar eso en los pies? Alcanzo a sospechar que mis prejuicios se asocian con las viejas fotos en sepia y no me dejan disfrutar el momento.

Ah, el partido, claro…

Se retiran hacia el túnel los jugadores. Van a ponerse las camisetas oficiales, nuevas, fulgurantes, para empezar el partido, la hora de la verdad. No escucho el relato de Duncan Molina pero todo en mí se prepara para una verdadera fiesta. Entra Sarmiento, estallan los silbidos, advierto que son los colores a los que tanto seguí, pero no identifico estos jugadores. Parado en esa ignorancia invoco a los viejos gladiadores: René Anchava, Huevo Duarte y Pablo Caballero para alejar el peligro. Pacha Rivero, Abel Linares, Pichón Barrientos, talento en estado puro para que Ramón Robledo o Heriberto Báez metan los goles. Me pregunto si del otro lado se interpondrán guerreros como Claudio Natalicio Dávalos, Coca Benítez, Mauricio Esquivel, Juan Carlos Argüello, Pepo Fernández o el Loro Freyre… todo es una incógnita.

Se mueve la pelota y no hay vestigios de aquellos jugadores. Ni de sus rostros ni de su manera de jugar. Desde el arranque del partido, los mismos pibes que hace un rato parecían habilidosos malabaristas en el “loco”, ahora reparten pelotazos “rústicos” al aire, de un lado y del otro. Salvo dos, que cada vez que reciben la pelota, la pisan y eligen siempre un pase claro, invitando a los demás a jugar al fútbol. Uno es Oscar Gómez, que juega con la 7 en For Ever pero es un 5 enorme. El otro es Barlessi, que tiene la 8 en la espalda, pero califica para llevar la 10. Entiendo la bronca contra él del hincha de For Ever, porque el peladito es uno de esos que uno siempre elegiría primero en los picados del barrio.

Todo parece equilibrado hasta que el Decano encuentra un buen negocio: tocar 2 o 3 veces en el medio y sacar rápidamente la pelota hacia la derecha para el 9 que juega como un 7 y le gana todas (pero todas) las veces la espalda al 3 de For Ever y genera avances que no prosperan por impericias de los otros atacantes. Todo el estadio se da cuenta cómo se repite la fórmula. Es más, el 3 también se da cuenta y por eso le quiere dejar un recuerdo imborrable a su circunstancial rival. Cuando lo tiene al alcance le da una murra memorable que le cuesta una tarjeta amarilla y da un peligroso tiro libre desde el sector derecho del ataque. Desde allí sale la jugada de la apertura del marcador. Después del primer envío rechazado fácilmente, Sarmiento recupera rápido la pelota y saca un nuevo centro que encuentra sin ninguna marca al  6 (al parecer los defensores de For Ever deciden respetar el rojo del semáforo ubicado en el acceso al Golf Club, porque todos quedan parados). El pibe Federico Arach salta haciendo “sí” con la cabeza y la mete en un rincón. Nada que reclamarle al arquero Cristian Mazzón. El grito se escucha nítido desde el banco de suplentes del Decano y desde la tribuna que da a la avenida 9 de julio, donde está un grupo de no más de 10 dirigentes aurirrojos. En contraste, el silencio mastica bronca del resto del estadio.

For Ever cae en un momento de profunda confusión y eso da paso para que Sarmiento exponga las virtudes para la magia de sus delanteros, quienes logran hacer desaparecer, a la vista de la multitud, dos goles imposibles de ser perdidos. Uno, tras un desborde por derecha y un centro al ras del piso que lo deja solo frente al arco, erra el golpe a la pelota. El otro, habiendo superado la marca, con la pelota picando y el arquero rival saliendo a intentar “la de Dios”, con la posibilidad de manual de tocarla suave de emboquillada, le mete un fierrazo que valdría 3 puntos de drop, si nos hubiéramos puesto de acuerdo en que esto sea rugby. Al menos lo suyo sirve para agujerear el tejido 4 metros arriba del travesaño. Se atraganta en la tribuna la expresión “Uh!”, en un claro gesto de desazón por el momento difícil y, a la vez, de esperanza porque el regalo ajeno deja al empate aún a tiro. La popular le pone color a los últimos minutos del primer tiempo. Canta “movete, Negro, movete”, al estribillo se suma la platea, y los jugadores comprenden que “la hinchada está loca y hoy no pueden perder”.

Con dos cambios, Tatú patea el tablero. Le da el manejo del medio solamente a Gómez y ahí For Ever encuentra lo mejor de su juego. Adelante el recién ingresado Diego Magno, que hoy tiene la 16, amenaza en una primera oportunidad y a los 5 minutos de haber ingresado ya lo emboca al rival. Sale un pase larguísimo desde campo propio, el medio de Sarmiento la ve pasar, los defensores centrales suman pifias y la pelota le queda mansita en los pies y con posición ganada al delantero. En un momento poco oportuno al arquero de Sarmiento lo asalta una duda; tal vez tenga que salir y achicar, quizás amenazar con una toma de karate o quedarse quieto implorando que erre al arco. Cuando finalmente se decide, los jugadores de For Ever ya llevan un rato en el festejo, la Tribuna entera sigue desafiando a los 10 dirigentes de Sarmiento a gritar gol “ahora” y el árbitro mira el reloj creyendo que el muchacho estaba haciendo tiempo. En los siguientes minutos, Emilio Rébora tiene la chance de redimirse.

Comienza “otro” partido, como le gusta decir a algunos comentaristas. Sin mucha claridad pero con un empuje bárbaro, For Ever acorrala a Sarmiento. Durante unos minutos los defensores revolean varias pelotas para alejarlas del área, un par de cabezazos salen muy cerca de los palos y el 1 visitante ahoga el grito de la tribuna con varias tapadas, entre ellas un remate durísimo de Visconti, la carta de gol del local, que aunque se muestra lento obliga a tenerlo vigilado con una marca escalonada. Aún en esta adversidad, el mediocampo de Sarmiento logra sacar un par de contra ataques que no terminan en gol sólo porque Mazzón, como arquero, también muestra credenciales para estar en el clásico. El mejor momento del partido.

Una lesión frena el partido y con todo el trámite del cambio, se logra enfriar el ritmo del juego. A partir de ahí, Sarmiento vuelve a hacerse prolijo para armar el juego pero no logra llevar peligro hasta el área, mientras For Ever vuelve a poner en protagonista a Rébora, que sigue respondiendo bien. Los cambios que intenta Acosta no revitalizan el ataque de Sarmiento. La tarde va cayendo y alguien pone en marcha el sistema de iluminación del estadio.

En los últimos minutos dos jugadas bien armadas terminan en verdaderas proezas de los arqueros. Primero, Barlessi encabeza un ataque bien articulado y queda a un tris de transformarse en un personaje odiado para la eternidad por la parcialidad albinegra. Entra por el sector derecho del área y  saca un zurdazo que busca el palo opuesto pero se encuentra con una atajada monumental de Mazzón. Dos minutos después, los jugadores del Negro arman un par de paredes y dejan a Magno como para ser el héroe de la película, pero el 1 de Sarmiento estira sus brazos al extremo y con la punta de los dedos logra desviar un gol cantado. Con los latidos arriba, bien arriba, el partido llega a su fin. Merecidos aplausos. Las luces ya están encendidas. La intensidad del segundo tiempo logra salvar la primera etapa plomiza y mal jugada. Nobleza obliga, no hubo momentos de sutilezas, pero el estado atlético de ambos planteles se advierte en un nivel notable porque nadie aflojó el ritmo en los 90 minutos. Me quedo admirado con el buen juego de Gómez y Barlessi, con las buenas atajadas de los arqueros y con el acierto de haber aceptado la invitación para venir a la cancha. También rescato al 4 de Sarmiento, traba cada pelota como si fuera la última y las corre como si fuesen la primera; lo que se dice un modelito a seguir cuando la tribuna cante “ponga huevo…”

Se acaba la tarde. El público se va, despejando las tribunas. Todo se da en paz. Que así siga, que así se mantenga es un deseo profundo. Así da gusto volver. No sé si todas las tribunas van a acompañar pero en mis oídos siento el canto decidido y necesario: “Volveremos, volveremos, volveremos otra vez…”.

 

David Gauna

 
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